POEMAS, RESEÑAS DE LIBROS DE POESÍA, TRADUCCIONES, HAIKU.

jueves, 16 de abril de 2020

JESÚS CÁRDENAS SÁNCHEZ comenta EL MOMENTO en CULTURAMAS



Reseña de «El momento», de Valentín Carcelén

Por Jesús Cárdenas. Escribía Sanchez Rosillo «Todo se va. Las cosas / tienen siempre en las manos un designio de herida». Algunas de las cuerdas con que el murciano rasga en cada poema el latir de los días son la serenidad, la nostalgia y la reflexión. Las mismas cuerdas que Valentín Carcelén desgarra en El momento (2019, Chamán Ediciones).
El albaceteño se toma su tiempo para publicar: han pasado diez años de su última entrega, el libro de haikus, Hilo de hormigas. Quizá, sea esa una de las características de la trayectoria de Carcelén: la paciencia. Paciencia en dotar a la palabra de corporeidad. Ser paciente implica volver a los textos escritos. Como el propio autor señala en las notas finales, «su revisión ha sido permanente».
Un poemario indivisible y coherente, en el que se aprecia un gran labor de poda. Su estructura está muy pensada, en torno a cinco secciones sin título: la primera y la última se corresponden con sendos poemas. Las dos mantienen la correspondencia temática; en ambas se produce un desdoblamiento: el poeta traza límites entre la realidad y la ficción; entre la creación del poeta y la vida de la persona. Entiéndase el poema de cierre: «¿Qué necesitas más para saber / que no es ésta tu vida?». Las otras tres agrupan un mismo número de poemas, once, concretamente. Un conjunto de poemas, que no superan los treinta versos.
El motivo del libro está claro desde la misma enunciación del título, El momento, cuya columna vertebradora, en palabras de su autor, es «el paso del tiempo y cómo nos cambia». La primera aclaración es adquirir conciencia de que somos tiempo, como leemos en los versos finales de uno de los primeros poemas: «ignoramos que sólo somos / una manera de medir el tiempo». En ese mismo, previamente, la memoria nos salva, nos refugiamos en fragmentos de vida: «y tienen, como única seña de identidad, / la fecha que nuestra memoria, / les asigna». Junto a él, y, como consecuencia, la amistad, el amor y la propia poesía. Podría parecer nada original, pero lo que interesa es la reelaboración de estos motivos mediante continuas sugerencias y evocaciones.
En la primera sección figuran los poemas más reflexivos sobre la contingencia del fluir temporal y sobre la función de la escritura. Frente a la inexorable certeza del paso del tiempo, se sitúa el sujeto, tan frágil, desde la metafísica: «¿Qué otra cosa seremos sino charcos?», dirá en «Poema». Alerta que el engendrar y un consumismo desaforado conducen, inevitablemente, a la infertilidad de la tierra, con un tono crítico: «no te dejaremos nada para el contento insatisfecho / de la tierra, sus desmesuras, nuestras limitaciones»; con un tono desolador, siente el dominio del vacío que ejercen las palabras frente a la contemplación, en «Palabras»: «Y escribir con palabras que no digan / nada, como horizontealguienmañana». Sin embargo, en el poema «Las cosas», el poeta les concede la capacidad de resistir sobre el tiempo: «mas funda en ellas sus supervivencia / la especie –tristes voces en la noche». También, puede leerse en clave metaliterario el poema «Expresión», donde el sujeto convierte el yo en plural, incluyéndonos dentro de la búsqueda que ejerce la creación, toda una declaración de intenciones: «a ser / palabra corta y encendida, / porque lo más difícil era siempre / encontrar la expresión que definiera / ese corte imposible que separa / ensueño y desengaño».
En el segundo apartado gana en peso la contemplación y el apego a la naturaleza, tal vez como un mecanismo de asirse al momento presente. Así, el sujeto se muestra reflexionando sobre el paso cierto del tiempo leyendo o escribiendo mientras llueve («La tormenta», «Lectura» u «Oración»), nieva («La nevada»); o bien cuando cambia las estaciones («El deshielo»); o cruza un determinado mes («Villancico» o «Enero»). El tiempo se adentra en nuestro ser, dejándonos expuestos a la evidencia de nuestro tránsito, como muestra el último terceto de «Prefiero abril»: «No es el tiempo el que pasa. Un hormiguero / está surgiendo bajo mis pisadas. / No es el tiempo. Soy yo. Es la luz del día».
Sin embargo, la contemplación de la naturaleza, amenazada por la sucesión de los meses, no es contraproducente con el mensaje metaliterario, como ocurre en el poema, pleno de melancolía, «Fotografía»: «para trazar el curso de un poema / entre las líneas húmedas». La fuerza del mensaje literario, dentro del poema, se nos muestra en la anécdota de la adquisición de libros usados, dejados sin leer, que trasciende la emoción cuando nos identificamos, en el poema «Usado y de ocasión».
Mientras en los poemas finales, la memoria vuelve a fijarse en los libros viejos y en algunos paisajes vividos, lo que provoca la desolación («Cae la tarde hasta hundirse en el barro. / Yo me pregunto qué pinto en el mundo»), también en «fotos viejas», el yo poético se concentra en el horizonte natural, donde encuentra la impermeabilidad del tiempo, tal vez, de los recuerdos, así concluye «El campo»: «hago míos el campo y sus distancias, / y, por un instante, poseo / la eternidad dorada del verano». Frente a ello, se sitúa el sujeto poético
Subyace en el discurso poético de Carcelén unos parámetros bien definidos de carácter metapoético: una lectura del hecho poético en los poemas «Los otros», «Técnica» o «Caligrafía» nos confirma que sus versos son contundentes y con mano de excelente jardinero que poda las ramas innecesarios, exponiendo sólo aquellas (palabras) que son precisas y embellecen el poema. El devenir del poeta es hallar el poema ya escrito, como se desprende de la lectura de «Técnica»: «Él mismo está buscando / quizá una página donde mirarse, / una voz en que decirse, / y ser de tiempo». Y el de los lectores, disfrutar de su lectura.
Valentín Carcelén nos ha entregado un libro pleno de claves existenciales y metapoéticas. Sus confidencias muestran la trascendencia porque no pasan desapercibidas. La herida que reabre la memoria encuentra una expresión depurada, armónica, donde lo callado cohabita en estos versos; las palabras permanecen mientras discurran los días. Ningún lector se sentirá defraudado al tomar entre sus manos El momento, poemas que nos pulsan, con hermosas sugerencias, por el rumbo de la vida.


ENLACE RESEÑA EN CULTURAMAS

viernes, 3 de abril de 2020

"EL MOMENTO" RESEÑADO POR JOSÉ LUIS MORANTE, EN SU BLOG "PUENTES DE PAPEL"


PUENTES DE PAPEL. José Luis Morante


VIERNES, 3 DE ABRIL DE 2020

VALENTÍN CARCELÉN. EL MOMENTO

El momento
Valentín Carcelén
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2019

EL SOPLO DEL OTOÑO

Las líneas memoriosas de la teoría literaria definen la realidad como una geografía cercana y habitable, pero también como un espacio trascendido y exento de características uniformes. De sus coordenadas se nutre el marco de escritura de la tradición realista, que ha ido marcando hasta el ahora su grafía original. El ideario figurativo confía en la expresión enunciativa del texto, con desarrollo lógico y comunicativo, y en la reconversión de experiencias cotidianas en procesos verbales. De estas indagaciones dialécticas se nutre el recorrido lírico de Valentín Carcelén (Madrigueras, Albacete, 1964), Licenciado en Filología Anglogermánica, traductor de la poesía de Philip Larkin y Samuel Jonson, y docente en la Escuela de Arte de Albacete. El escritor comienza senda en el amanecer de los años noventa, un decenio marcado por la pulsión estética de la poesía de la experiencia, y ha ido abriendo compuertas argumentales que suman casi media docena de títulos, con amplia representación en revistas y antologías.
La entrega El momento, tras la emotiva dedicatoria y el paratexto de Juan Manuel Díez de Guereñu y Luis García Montero, deja como umbral el poema “Persona y personaje”, como si buscase recordar al lector que la verdad biográfica y la verdad literaria son enclaves diferenciados, por más que compartan afinidades y latidos, o tengan en sus rasgos un aire de familia especular, como explicase con singular fortuna Jaime Gil de Biedma. El poema sugiere un desdoblamiento que genera un doble espacio vital y la adaptación del sujeto al lugar confidencial de la página.
El andamiaje poético de El momento integra tres planos autónomos. En el primero, sobre la pautada dispersión de lugares y máscaras, el tiempo encuentra una auténtica explosión emotiva, un acto de afirmación que desemboca en la condición natural de ser: sobre cualquier otra configuración metafísica, estamos marcados por la contingencia y el sonido mitigado del discurrir. Esa condición de ser moldea las palabras, esa voz que habla de limitaciones y recuerdos, de fracasos cumplidos y de nuestra condición de transeúntes que protagonizan un simple estar de paso.
La introspección temporalista prosigue en el segundo grupo de poemas. Su percepción contrasta la realidad interna del hablante y el entorno cercano. El paisaje acompasa su lenta cadencia al silencio confidencial del yo perdido en la evocación o en la nostalgia. Todo sucede con una caligrafía indecisa, que sobresalta el frágil equilibrio del reloj: “No es el tiempo el que pasa. Un hormiguero / está surgiendo bajo mis pisadas. / No es el tiempo. Soy yo. Es la luz del día “.
El periplo existencial, una vez más confirma, su condición de viaje, muda sitios y personajes, es camino de conocimiento y búsqueda, senda que marca la voluntad de ser hacia la belleza y el desplegado horizonte de lo insólito. También la duda, esa certeza diluida en nuevas preguntas en las que se extravía el pensamiento. Desde esa sensibilidad nace la dubitativa caligrafía de “El momento”, la composición que sirve de epílogo: el largo viaje no refuerza dogmas sino solo despliega un aire de insatisfacción renacida que desajusta realidades y sueños.
En los poemas de El momento Valentín Carcelén selecciona en primera persona apuntes reflexivos, vivencias de un observador directo que aporta una percepción confidencial hecha de claves interpretativas. El argumento colecciona sucesos episódicos en un empeño de “medir el tiempo”. Así logra un significativo tono verosímil, que mana de la memoria para mostrar esa herida común de la que nace paso a paso la vida. Poesía que alumbra las sucesivas máscaras de la identidad que se repiten en el tiempo. Indicios del ser que busca en las palabras el despertar abierto de mañana.